Bangkok: La capital mundial de las serpientes urbanas

En Bangkok, considerada la metrópolis con mayor población de ofidios del planeta, la presencia de estos reptiles es una constante cotidiana. Una vez que el ojo se acostumbra a detectarlos, la ciudad entera parece estar hecha de serpientes: el tendido eléctrico, las mangueras de las gasolineras y las enredaderas vibrantes adquieren una apariencia serpentina. Este fenómeno no es una mera ilusión óptica; los cuerpos de bomberos y equipos de rescate capturan anualmente alrededor de 30.000 ejemplares. Pinyo Pukpinyo, el principal cazador de la capital tailandesa, captura en una media jornada laboral más de 20 reptiles, hallándolos en alcantarillas, retretes, macetas, montones de reciclaje o ramas de árboles acechando geckos y musarañas.

Diversidad de especies y convivencia forzosa

La fauna herpetológica de la ciudad abarca desde especies letales hasta otras inofensivas para el ser humano. Entre las peligrosas destacan cobras, pitones, kraits y víboras de foseta; mientras que culebras arborícolas, ratoneras, kukris y de rayos de sol componen el grupo benigno. Pinyo, de 56 años e integrante del departamento de bomberos desde los 18, descubrió pronto que su labor se centraba más en la herpetología que en la extinción de incendios. Su convicción fundamental, arraigada en su fe budista y en una visión ecológica, es no sacrificar a los animales capturados. Argumenta que no es culpa de las serpientes que la urbanización haya transformado la jungla en selva de asfalto, ni que las inundaciones monzónicas aneguen sus hábitats naturales obligándolas a nadar entre centros comerciales y condominios.

El dilema del santuario improvisado

Este principio ético ha generado un problema logístico severo para Pinyo. Tras el traslado de su estación de Bang Khen a estructuras prefabricadas bajo un monorraíl elevado, acumula una población incierta que supera los 200 o 300 ejemplares, incluyendo al menos 70 cobras y pitones de hasta 4,5 metros. Cada recipiente disponible —bañeras, botellas, sacos, cajas— funge como terrario temporal. La manutención de este zoológico involuntario le cuesta aproximadamente 300 dólares mensuales de su propio bolsillo, generando tensiones familiares; su difunto padre se negó a visitarlo en el hospital tras una mordedura inevitable, aunque Pinyo asume su destino como karma, comparando su terquedad con la de una cobra.

Vocación autodidacta y recompensa espiritual

Su trayectoria profesional comenzó casi por accidente: aspirante a policía, la escasez de bomberos lo derivó a ese cuerpo con un salario inicial inferior a 100 dólares. Sin formación previa, enfrentó su primera pitón armado solo con un gancho, sintiendo pánico por no perseguir “malos” como en el cine. Se formó autodidactamente con manuales técnicos, descubriendo que más que la biología del reptil, lo que le apasionaba era el alivio humano. Las oraciones y bendiciones de quienes recuperan la tranquilidad en sus hogares son, para él, una recompensa superior al dinero.

Experiencia contrastada: anécdotas y formación práctica

La pericia de Pinyo es solicitada constantemente, como un médico en evento social. Relata cómo identificó erróneamente una serpiente arborícola inofensiva en el comedor del autor, confundida por un niño con una víbora de foseta, señalando la ausencia de manchas rojas en la cola como clave diferencial. Su labor docente se extiende a simulacros reales; recientemente entrenó al personal de un hotel Mövenpick —desde conserjes hasta terapeutas— usando 50 serpientes vivas en un garaje. Los empleados practicaron capturar cobras con botellas de agua y neutralizarlas con toallas en duchas, demostrando que, bajo supervisión experta, cualquiera puede actuar, aunque Muktita Suhartono, inicialmente reticente, logró embotellar una cobra dorada con éxito.

El riesgo ocupacional: mordeduras y consecuencias

La peligrosidad intrínseca de la profesión queda evidenciada en el historial clínico de Pinyo: hospitalizado cuatro veces por envenenamientos graves, la última por dos meses, y sin recuerdo exacto del total de mordeduras sufridas. Su resistencia es legendaria; ante la mordedura de víbora del esposo del autor —que requirió muletas semanas—, Pinyo restó importancia, aunque admite la gravedad al recordar a un joven colega prácticamente paralizado por una cobra durante un entrenamiento. Esta dualidad entre la confianza técnica y la letalidad real define su día a día.

Cotidianidad operativa y ciclo de liberación

Una jornada típica en la estación provisional bajo las vías del Skytrain transcurre entre sacos que se mueven, silbidos en cajas y llamadas de emergencia: serpientes en reciclaje, puertas de baños o clínicas. En una intervención reciente, Pinyo extrajo una pitón reticulada enroscada bajo una rampa de acceso médico, embolsándola para sumarla a su colección temporal. “El ciclo de la vida”, resume gesticulando un bucle con los dedos, mientras se prepara para alimentar al nuevo inquilino y planear la próxima peregrinación a parques nacionales para devolverles la libertad que, insiste, merecen por derecho propio.

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