La melodía de “El Palenque” de Los Alegres del Barranco comienza a sonar, mientras el público también es convocado al auditorio. De repente, aparecen imágenes relacionadas con el grupo Jalisco Nueva Generación. La ciudad tiembla, expresando tanto entusiasmo como miedo. La idea de los roedores como deidades parece surgir en la mente, un legado de creencias pasadas.
No importa cuántas veces lo experimentes, la situación nunca se siente suficientemente buena. Esto es especialmente evidente en las festividades; en los patrocinadores de los jaripeos y las peleas de gallos que acompañan a los carnavales.
Lo cierto es que la situación es alarmante y ha llamado más la atención tras el concierto del pasado sábado, debido a un reciente descubrimiento de un centro de reclutamiento y una fosa clandestina en Jalisco.
Es fundamental superar el debate sobre si estas manifestaciones están amparadas bajo la libertad de expresión. Las manifestaciones violentas representan una manifestación de poder y dominación por parte del crimen organizado.
Estos mensajes transmiten una vulnerabilidad social; debilitan la percepción de justicia y distorsionan la realidad con respecto al delito. Además, es complicado encontrar apoyo en las redes sociales para abordar esta problemática de manera efectiva.
La influencia y presencia de estos grupos producen una distorsión social de alto impacto. Las organizaciones delictivas imponen miedo en las comunidades, utilizando tácticas de intimidación y violencia, lo que dificulta la vida diaria de los habitantes.
Por otro lado, el estado es percibido como cómplice, y los grupos criminales se presentan como benefactores de la comunidad, llevando a cabo obras que crean dependencia y gratitud social. Esta situación crea un ciclo difícil de romper, ya que las comunidades quedan atrapadas en una “necropolítica”, donde la prosperidad es efímera y ligada a denigrantes circunstancias.