Líder de secta apocalíptica condenado por el asesinato de 191 personas, en su mayoría niños
El pastor keniano Paul Mackenzie, líder de la Iglesia Internacional de las Buenas Nuevas, ha sido declarado culpable del asesinato de 191 personas, de las cuales 190 eran menores de edad. La justicia determinó que Mackenzie ordenó a sus seguidores dejar morir de hambre a sus propios hijos para que pudieran “encontrarse con Jesús”, una directiva letal enmarcada en una doctrina apocalíptica que prohibía la educación formal, calificaba a la medicina moderna de “malvada” y consideraba las identificaciones digitales como “la marca del diablo”. Junto a él, otros 29 líderes de la secta fueron condenados por los mismos cargos, pese a haberse declarado inocentes y negar cualquier coacción; asimismo, el exjefe de seguridad de Mackenzie, Enos Amanya Ngala, pactó con la fiscalía para testificar en su contra. El religioso enfrenta además procesos adicionales por terrorismo, radicalización y negación de educación a menores.
Hallazgo de fosas comunes en el bosque de Shakahola
Las autoridades descubrieron más de 400 cadáveres enterrados en fosas poco profundas en el bosque de Shakahola, zona costera donde Mackenzie trasladó a miles de fieles procedentes de todo el país. La exhumación, realizada por 17 trabajadores locales pagados con apenas 8 dólares diarios, reveló escenas dantescas: fosas con hasta una docena de cuerpos infantiles apilados “como ropa”, y restos de bebés de semanas de vida con extremidades atadas y envueltos en sábanas. Los sepultureros relataron que cada tumba contenía al menos tres cuerpos, evidencia de la magnitud sistemática de la tragedia.
La infiltración de la doctrina en hogares kenianos
La influencia de Mackenzie se expandió durante 16 años a través de Times TV, su canal de televisión que transmitía sermones desde Malindi, mezclando teorías conspirativas con predicaciones de fin de los tiempos. Stephen Mwiti, quien perdió a sus seis hijos en el bosque, narró cómo la doctrina entró a su casa mediante un televisor y un decodificador, llevando a su exesposa —posteriormente acusada como cómplice— a sumarse al grupo. Mwiti, quien confrontó al pastor viendo a decenas de mujeres y niños de cabeza rapada (impuesta por la secta), expresó su deseo de venganza: “Si me encontrara hoy con el pastor Mackenzie, uno de los dos tendría que morir”. Solo logró recuperar los restos de uno de sus hijos, Samuel.
Testimonios de supervivientes y la negación de auxilio médico
Peter Shukrani, rescatado del bosque en marzo de 2023, relató cómo la prohibición médica selló el destino de muchos. Tras enfermar, su madre destruyó sus medicamentos convencida de que “solo Dios podía curarle”, siguiendo al pie de la letra la prédica del pastor. Shukrani describió la vida en el bosque como una rutina de ayunos prolongados interrumpidos por escasas comidas en casas de barro dispersas. Los rescatistas confirmaron la gravedad extrema: “Sacábamos a alguien del bosque, pero estaban tan débiles que morían en nuestros brazos”, declaró el sepulturero Salim Karisa.
El control mental y la lealtad inquebrantable pese al horror
A pesar de haber estado al borde de la muerte por la negligencia médica inducida por la secta, Shukrani mantiene una lealtad perturbadora hacia Mackenzie: “Todavía lo quiero y sigue siendo mi pastor”, aseguró, argumentando que “nadie fue obligado a ayunar” y que las decisiones surgieron de la fe personal. Esta visión contrasta radicalmente con la de Dan Paul Mackenzie, hijo del pastor y excamarógrafo de la iglesia, quien calificó a su padre de “asesino en masa” por su posición de autoridad sobre quienes le admiraban. Los cargos judiciales, detallados en casi 300 páginas, identifican a numerosas víctimas simplemente como “niño varón desconocido” debido al avanzado estado de descomposición.
Mecanismos de coerción y aislamiento en la comunidad
La secta operaba bajo un secretismo hermético que impedía a la comunidad circundante percatarse del genocidio. Residentes como Salim Karisa transportaban fieles en motocicletas hacia el bosque sin saber el destino final de esas personas. Dentro del enclave, Mackenzie establecía un control total: segregación por género durante los oficios, sesiones de “expulsión de demonios” y reglas estéticas estrictas (cabezas rapadas en mujeres). El cierre de la iglesia principal en Malindi en 2019 marcó el inicio del traslado masivo a Shakahola, donde el aislamiento geográfico facilitó la implementación del ayuno letal como prueba de fe suprema.
Consecuencias legales y procesos pendientes
Este veredicto constituye la primera condena por los cargos más graves de homicidio contra Mackenzie, aunque su historial judicial incluye arrestos previos por radicalización y oposición a la educación estatal que no prosperaron. La fiscalía logró construir el caso gracias al testimonio clave del exjefe de seguridad y a la evidencia forense masiva recuperada en Shakahola. Mientras se define la sentencia para los 30 condenados, el sistema judicial keniano debe abordar los procesos restantes por terrorismo y violación de derechos infantiles, así como la identificación de los cientos de restos aún sin nombre, cerrando uno de los capítulos más oscuros de la historia reciente del país.