La abstención mexicana en la OEA: un respaldo implícito a la deriva autoritaria de Ortega
El pasado miércoles, durante la sesión del Consejo Permanente de la OEA, veintinueve naciones respaldaron la convocatoria urgente de cancilleres para analizar la supresión de elecciones en Nicaragua por parte de Daniel Ortega; México, en cambio, optó por la abstención. El representante permanente, Alejandro Encinas, argumentó que la crisis nicaragüense no amenaza la paz hemisférica y abogó por el diálogo, sosteniendo que calificarla como riesgo de seguridad podría profundizar el aislamiento del país. En términos llanos, ante la decisión de un dictador de eliminar el sufragio —el pilar de la legitimidad democrática—, el gobierno mexicano rehusó siquiera acompañar la instancia mínima de conversación regional, replicando el silencio guardado tras el anuncio de julio sobre la cancelación de los comicios.
Incumplimiento de la Carta Democrática Interamericana
Esta postura contraviene frontalmente la Carta Democrática Interamericana, suscrita por México en 2001. Los artículos 19 al 21 del instrumento establecen taxativamente que la ruptura del orden democrático —definida esencialmente por la eliminación de los procesos electorales— trasciende lo interno y compete legítimamente a la comunidad interamericana. Al abstenerse, México incumple doblemente su compromiso: procesalmente, al ignorar el mecanismo diseñado para estos escenarios; y conceptualmente, al tildar de “asunto interno” lo que el tratado define como materia de interés hemisférico colectivo.
Un patrón de doble rasero ideológico
Lejos de ser un hecho aislado, la actitud refleja un patrón sistemático. Hace siete meses, ante la captura de Nicolás Maduro, la presidenta Claudia Sheinbaum condenó el uso de la fuerza pero omitió toda referencia al fraude electoral y la represión sistemática en Venezuela. Respecto a Cuba, se mantiene un abrazo diplomático sin exigir libertades ni derechos humanos, pese a ser estos principios rectores constitucionales de la política exterior. Con Nicaragua, las relaciones no solo persisten intactas, sino que, bajo las administraciones de López Obrador y Sheinbaum, México ha guardado silencio frente al encarcelamiento de opositores, el destierro de obispos, el cierre de universidades y, ahora, la abolición explícita de las urnas.
Comparativa reveladora: el caso Perú versus Nicaragua
La selectividad queda al descubierto al contrastar con la reacción ante la destitución de Pedro Castillo en Perú (diciembre 2022). Entonces, México rompió relaciones, denunció un golpe de Estado, asiló a la ex primera ministra Betssy Chávez y sostuvo la ruptura hasta agosto de 2024. Frente a un gobierno de centroderecha, la firmeza fue inmediata; frente a Ortega, que ha exterminado la vía electoral, no se vota ni una reunión de cancilleres. En ambos casos media una ruptura democrática, pero la variable determinante es la ideología del autoritario: si proviene de la derecha, hay condena y sanción; si emana de la izquierda, hay silencio, matices y abstención.
El precedente histórico de 1979 y el Grupo Contadora
Existe un México con autoridad moral real en Nicaragua. En 1979, el gobierno rompió relaciones con la dictadura de Anastasio Somoza antes de la toma sandinista, respaldó a la insurgencia y, tras el triunfo, sostuvo al nuevo régimen con petróleo de Pemex y apoyo financiero. Posteriormente, en 1983, encabezó el Grupo Contadora para negociar la paz centroamericana y frenar la intervención estadounidense. Aquella diplomacia invocaba autodeterminación y no intervención para proteger al pueblo de un tirano y de una superpotencia, no para blindar a un dictador del escrutinio internacional; había una brújula moral indiscutible.
La vaciedad semántica de la diplomacia actual
Hoy, el gobierno esgrime idéntico vocabulario —soberanía, autodeterminación, no intervención— pero vaciado de sustrato ético. Esos conceptos se emplean ya no para defender a los nicaragüenses de Ortega, sino para defender a Ortega de la comunidad hemisférica. La vergüenza no radica en defender la no intervención como doctrina legítima, sino en la selectividad cínica, en el doble rasero y en desconocer un tratado democrático que el propio Estado mexicano firmó y ratificó.
El batacazo reputacional de 2026
Nicaragua ha borrado las elecciones del mapa y, en una paradoja histórica devastadora, el México que en 1979 tuvo el valor de romper con un tirano en Managua, en 2026 carece de la dignidad mínima para votar a favor de que el continente se reúna a dialogar sobre otro tirano en el mismo territorio. Este abandono de los principios fundacionales de su política exterior supone un batacazo severo para la credibilidad y la reputación diplomática de la nación.