Seis años de lucha para que ningún niño termine en la fosa común

Desde hace seis años, el colectivo “Dulce María, Ningún Angelito Más Irá a la Fosa Común” trabaja incansablemente en Tijuana para garantizar que niñas y niños fallecidos a causa de la violencia, el abandono o circunstancias extremas no sean inhumados como desconocidos. Encabezado por Jessica Gabriela García Lerma, este grupo de mujeres defiende el derecho de cada menor a tener un nombre, una sepultura digna y un lugar donde sus familias puedan visitarlos. Su misión actual se centra en impedir que un pequeño de aproximadamente cinco años, hallado dentro de una maleta incendiada en Tecate, corra esa misma suerte.

El caso del menor de Tecate: una tragedia sin reclamar

El pasado 3 de junio, el cuerpo de un niño fue localizado en la colonia Nueva Indú, zona rural de Tecate, al interior de una maleta que fue prendida fuego. Los peritajes forenses determinaron que la víctima tenía cerca de cinco años y murió por estrangulamiento; además, presentaba huellas de tortura y tenía las manos atadas con alambre. Pese a los recorridos realizados por la Fiscalía y la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana de Baja California, encabezada por Laureano Carrillo Rodríguez, transcurrieron cerca de cuatro meses sin que ningún familiar se presentara a reclamarlo ni existiera denuncia de desaparición vinculada, por lo que las autoridades advirtieron el riesgo de su traslado a una fosa común.

Barrera burocrática y cerrazón institucional

Ante este escenario, las integrantes del colectivo acudieron a las instancias correspondientes en Tecate para conocer el estatus jurídico del cuerpo y tramitar su reclamación legal. Sin embargo, se toparon con la negativa oficial: al no ser familiares directas, les fue denegada la información y la entrega del cadáver, obligándolas a esperar a que las autoridades inicien el procedimiento formal. Liliana Camacho Angulo, directora de la Casa Hogar Sonrisas de Ángeles y cofundadora del colectivo, subraya que su objetivo no es investigar ni impartir justicia, sino evitar que un niño sea enterrado como si nunca hubiera existido, devolviéndole su identidad y una despedida humana.

Dulce María: el origen de una causa colectiva

La agrupación nació en 2020 tras el hallazgo de una niña de seis años dentro de una hielera en la colonia El Pípila. La menor, que padecía parálisis cerebral y desnutrición severa, no fue reclamada. Las activistas la bautizaron como Dulce María y, con el respaldo de la Casa Hogar, gestionaron su sepultura el 14 de diciembre de ese año. Durante el velorio, una pareja depositó una cadena con una cruz y lloró ante el féretro, lo que lleva al colectivo a suponer que eran sus padres, quienes no se acercaron oficialmente por temor a repercusiones legales. Dulce María descansa en el panteón municipal número 12, donde aún reciben flores.

Cuatro infantes rescatados del olvido

Desde entonces, el colectivo ha logrado sepultar dignamente a cuatro menores no identificados. Entre ellos, dos hermanos —Juan de Dios, de 8 años, y Ana María, de 3— hallados calcinados en enero de 2021, víctimas presuntamente de una deuda por drogas según la Fiscalía; y Marbella Guadalupe, una adolescente de 14 años encontrada en una maleta en Pórticos de San Antonio en marzo de 2021. En las tumbas de los primeros también aparecen ofrendas florales, señal que las activistas interpretan como visitas de sus progenitores. Cada caso transforma un cuerpo anónimo en una persona con nombre, historia y un sitio de memoria.

La espera silenciosa de las familias invisibles

Las mujeres del colectivo comprenden que tras cada cuerpo no identificado puede haber una familia desaparecida, sumida en la extrema vulnerabilidad o paralizada por el miedo a las autoridades. Por ello, no indagan sobre los padres ni juzgan su ausencia; su labor es crear las condiciones para un reencuentro futuro. “Si su mamá algún día puede reclamarlo, queremos que tenga un lugar donde llevarle flores, llorarle y rezarle”, afirma García Lerma. Esta filosofía guía su insistencia en evitar la fosa común, entendida como una barrera definitiva entre el duelo y la dignidad.

Un llamado urgente a las autoridades de Baja California

Actualmente, el colectivo solicita a las autoridades de Baja California una vía legal expedita para intervenir en el caso del niño de Tecate y evitar su inhumación en fosa común. Para estas activistas, sepultar a un infante trasciende el acto físico: significa reconocer su existencia, otorgarle un nombre, afirmar que su vida importó y brindarle, aunque sea tardíamente, la despedida que merece cualquier ser humano. Su consigna permanece inquebrantable: que ningún angelito se vaya solo.

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