Enrique Jacob Rocha
Visualizo a un capitán de barco preparándose antes de partir, revisando minuciosamente sus instrumentos de navegación, solo para encontrar que todo es confuso. Al salir a cubierta, se apoya en su observación directa, levanta la mirada hacia el horizonte y ve nubes cada vez más oscuras y amenazantes. No se trata de una tormenta aislada; son múltiples frentes que convergen de distintas direcciones. El capitán es consciente de que puede navegar, pero también entiende que la travesía será riesgosa y que las condiciones climáticas pueden cambiar rápidamente.
Esta imagen refleja con precisión la situación de quienes intentan prever la trayectoria de la economía mexicana para 2026. Se vive un entorno que se complica en múltiples frentes de manera simultánea. Lo que hace especialmente desafiante este momento no es un único impacto externo, sino la combinación de cuatro o cinco amenazas que se alimentan entre sí, mientras que el margen de maniobra interno disminuye justo cuando más se necesita.
El comercio internacional en tensión
El comercio global se encuentra en una de sus fases más volátiles en décadas. La política arancelaria que promovió Donald Trump al regresar a la Casa Blanca alteró las normas del juego de manera sorprendente para mercados y gobiernos. Recientemente, la Corte Suprema de Estados Unidos falló que Trump se excedió al utilizar poderes económicos extraordinarios (IEEPA), lo que representa un importante revés judicial. Sin embargo, lejos de retirarse, busca nuevas rutas legales para mantener la presión comercial.
Dentro de este contexto, la semana pasada Washington anunció investigaciones comerciales bajo la Sección 301 de la Ley de Comercio de 1974 contra 16 países, entre ellos México. Es reconfortante que el 85% del comercio bilateral está respaldado por el TMEC, lo que mitiga el riesgo inmediato de una escalada arancelaria directa. Sin embargo, la incertidumbre, que ha sido constante desde el inicio de la presidencia de Trump, no desaparece. La simple posibilidad de nuevas investigaciones lleva a las empresas a posponer decisiones de inversión, revaluar sus cadenas de suministro y adoptar una actitud de espera, además de la revisión del TMEC que comenzará hoy.
La geopolítica energética en movimiento
Mientras el comercio se agita, el conflicto en Medio Oriente se ha intensificado a niveles peligrosos. Parece que Estados Unidos ha entrado en una escalada militar, sin evaluar del todo sus efectos económicos colaterales. Irán ha respondido con estrategias asimétricas de disuasión y presión regional, resultando en el cierre de facto del Estrecho de Ormuz y aumentando la percepción de peligro e inestabilidad en la región del golfo pérsico.
Aproximadamente el 20% del petróleo mundial transita por este estrecho, así como insumos químicos vitales como la urea, fundamental en la mayoría de los fertilizantes agrícolas. Un cierre o incluso la amenaza de cierre tendría consecuencias en cadena: presión sobre los precios del petróleo, impulso inflacionario en economías importadoras, distorsiones en mercados agrícolas y un aumento en el costo de alimentos básicos. Economías como la mexicana, que dependen de insumos industriales y agrícolas relacionados con estos mercados, sentirán el impacto real, reflejándose en mayores costos para las empresas y presión sobre el poder adquisitivo, en un contexto inflacionario incierto.
Finanzas públicas en una situación crítica
Este panorama internacional llega en un momento crítico para las finanzas públicas mexicanas, ya de por sí tensas y sin margen de maniobra. El gobierno ha comprometido explícitamente evitar el aumento de precios en las gasolinas, lo que significa absorber el incremento internacional a través de reducciones en el IEPS a combustibles, lo que podría costar hasta 470 mil millones de pesos presupuestados para este año. Si el gobierno utiliza esto como un amortiguador ante un choque energético prolongado, el impacto en los ingresos públicos sería notable.
La solución más probable es nuevamente la de ajustar gastos y reducir la inversión pública. Sin embargo, la inversión pública ya se encuentra en niveles históricamente bajos en México, por lo que este ajuste contable se traduce en decisiones que impactan directamente la capacidad de crecimiento de la economía a corto y medio plazo. Cada peso que no se invierte hoy significa una porción de crecimiento que no se materializará mañana.
Un nuevo desafío político con Washington
Por si el panorama no fuera ya complejo, la relación con Estados Unidos enfrenta un nuevo desafío político. Hace una semana, Washington convocó a una reunión hemisférica para coordinar acciones contra los cárteles de drogas, y México no fue invitado. Más aún, el país fue señalado como epicentro del problema del narcotráfico en la región en las declaraciones finales.
Esto no es un detalle menor. En el contexto del ciclo electoral estadounidense, México vuelve a ser una pieza clave en el discurso político de Trump, y las señales son preocupantes: el presidente ha sugerido actuar contra los cárteles dentro de territorio mexicano, mientras que la presidenta Sheinbaum se niega a abordar el tema. A medida que se acercan las elecciones de noviembre, este asunto tiene altas probabilidades de intensificarse, añadiendo tensiones diplomáticas a una relación bilateral ya sometida a múltiples fricciones.
Decisiones internas que complican la situación
Ante todo lo anterior, los factores internos agravan el contexto. En un entorno que exige claridad institucional y señales de estabilidad política, el gobierno implementó una reforma electoral que ha suscitado amplias preocupaciones entre actores económicos y políticos. Su propuesta fue rechazada en el Congreso, y ahora la presidenta anuncia un “Plan B”. El mensaje que esto envía al mercado es precisamente el menos favorable en este momento: que el gobierno está dispuesto a abrir nuevos frentes de conflicto interno, a pesar de que el entorno externo exige unidad y prudencia. Para un inversionista que ya actúa con cautela frente a la incertidumbre global, nuevos episodios de turbulencia política doméstica solo refuerzan su decisión de esperar mejores tiempos.
La tormenta que se aproxima
México se enfrenta, en 2026, a un cóctel especialmente complicado: tensiones comerciales con su principal socio, un choque energético con efectos inflacionarios, finanzas públicas bajo presión, una relación bilateral dañada y decisiones internas que incrementan la incertidumbre en lugar de disminuirla. Ninguno de estos factores es devastador por sí solo, pero su convergencia multiplica el riesgo.
El resultado más probable sería una economía con bajo crecimiento, inversión contenida y empresas operando con cautela. No se necesita ser un analista sofisticado para preverlo: en el mejor escenario, la economía mexicana apenas crecerá un 0.5% en 2026, una mala noticia para un país que requiere un crecimiento mucho mayor para alcanzar la prosperidad.
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